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domingo, 27 de junio de 2010

LA VOZ A TI DEBIDA

Versos 102 a 126

¡Si me llamaras, sí;

si me llamaras!

Lo dejaría todo,

todo lo tiraría:

los precios, los catálogos,

el azul del océano en los mapas,

los días y sus noches,

los telegramas viejos

y un amor.

Tú, que no eres mi amor,

¡si me llamaras!

Y aún espero tu voz:

telescopios abajo,

desde la estrella,

por espejos, por túneles,

por los años bisiestos

puede venir. No sé por dónde.

Desde el prodigio, siempre.

Porque si tú me llamas

«¡si me llamaras, sí, si me llamaras!»

será desde un milagro,

incógnito, sin verlo.

Nunca desde los labios que te beso,

nunca

desde la voz que dice: «No te vayas».

Pedro Salinas.

SIN VOZ, DESNUDA

Sin armas. Ni las dulces

sonrisas, ni las llamas

rápidas de la ira.

Sin armas. Ni las aguas

de la bondad sin fondo,

ni la perfidia, corvo pico.

Nada. Sin armas. Sola.



Ceñida en tu silencio.

«Sí» y «no», «mañana» y «cuando»,

quiebran agudas puntas

de inútiles saetas

en tu silencio liso

sin derrota ni gloria.

¡Cuidado!, que te mata

—fría, invencible, eterna—

eso, lo que te guarda,

eso, lo que te salva,

el filo del silencio que tú aguzas.

Pedro Salinas.

LA VOZ A TI DEBIDA

Versos 388 a 424

Yo no necesito tiempo

para saber cómo eres:

conocerse es el relámpago.

¿Quién te va a ti a conocer

en lo que callas, o en esas

palabras con que lo callas?

El que te busque en la vida

que estás viviendo, no sabe

mas que alusiones de ti,

pretextos donde te escondes.

Ir siguiéndote hacia atrás

en lo que tú has hecho, antes,

sumar acción con sonrisa,

años con nombres, será

ir perdiéndote. Yo no.

Te conocí en la tormenta.

Te conocí, repentina,

en ese desgarramiento

brutal de tiniebla y luz,

donde se revela el fondo

que escapa al día y la noche.

Te vi, me has visto, y ahora,

desnuda ya del equívoco,

de la historia, del pasado,

tú, amazona en la centella,

palpitante de recién

llegada sin esperarte,

eres tan antigua mía,

te conozco tan de tiempo,

que en tu amor cierro los ojos,

y camino sin errar,

a ciegas, sin pedir nada

a esa luz lenta y segura

con que se conocen letras

y formas y se echan cuentas

y se cree que se ve

quién eres tú, mi invisible.


Pedro Salinas.